Cómo la jardinería puede ayudar a los niños a crecer más saludables y felices

Cuando nuestros tomates cherry se pasan de rojo cada verano, mi hijo los arranca con fuerza y los hace estallar en su boca. Señala las plantas al azar y declara orgullosamente: “¡Esa es mía!”. De vez en cuando, él grita mientras la manguera del barril de la lluvia rebosa un poco de agua.

Es cierto que la jardinería con niños no siempre es idílica.

Pero incluso cuando es caótico, puede ser muy beneficioso. La investigación científica afirma que estar en contacto con el barro y la tierra puede mejorar la salud mental y física de los niños. La jardinería puede ayudar a los niños a quemar energía extra y a controlar sus impulsos, desarrollar sistemas inmunológicos fuertes y consumir voluntariamente más frutas y verduras.

A pesar de las noticias negativas de los estudios que muestran que los adolescentes pasan un promedio de seis a nueve horas frente a las pantallas, más familias con niños se centran en la jardinería, mucho más que hace diez años. Según la Asociación Nacional de Jardinería, esta práctica con los más pequeños aumentó en un 25 por ciento de 2008 a 2013, ya que las familias conocen los beneficios ocultos de este pasatiempo antiguo.

Cuando mi hijo de cuatro años está jugando afuera, se le ve visiblemente relajado al aire libre. Pero también tiene autoconciencia para evitar pisar las plantas más delicadas. Del mismo modo, mi hijo de un año deja de lloriquear y pasa el rato dibujando en la tierra.

Mis hijos no están solos. La estimulación natural de estar afuera parece reponer las mentes agotadas mediante la autodisciplina, la parte del cerebro que controla la concentración, urge a las verificaciones y retrasa la gratificación.

Unas investigaciones realizadas a 169 jóvenes de Chicago, encontraron que los chicos que tenían una vista más verde desde sus apartamentos hicieron mucho mejor la prueba de autodisciplina. De esos resultados, una quinta parte de la variación podría explicarse por las diferencias del “verdor” de su ambiente.

Esos beneficiosos pueden ser aún mayores para los niños que padecen un trastorno por déficit de atención. Una encuesta realizada a 96 familias en el medio oeste preguntó a los padres qué actividades parecían disminuir los síntomas de sus hijas y aquellas que, según ellos, hacían aumentar el déficit. Los padres eligieron, de forma constante, las actividades “verdes” explicando que tenían un efecto positivo en los síntomas del niño.

“La mayoría de nosotros tiene un déficit de naturaleza bastante significativo y sería más saludable si pudiéramos hacer frente a ese déficit gastando un poco más de nuestro tiempo en un escenario al aire libre”, argumentó Robert Zarr, fundador de Park Rx America y un pediatra de Washington. Park Rx America anima a los médicos y a otros proveedores de salud a “pre-escribir” el tiempo en la naturaleza.

 

Ese tiempo puede incluso permitirnos usar nuestros sentidos de nuevas maneras, según los expertos.

“Se trata de hacer la plantación y ver cómo crece, pero también se trata de otras cosas”, comenta Richard Louv, autor de Last Child in the Woods y cofundador de Children and Nature Network. “Se trata de volcar las rocas, se trata de tener las manos sucias y los pies mojados, de usar más los sentidos y de estar en el mundo”, comentó.

La jardinería combina los beneficios generales de estar fuera con la oportunidad de abordar un proyecto. Mi hijo de cuatro años riega orgulloso los arbustos de arándanos y las malas hierbas que hay alrededor de la valla del jardín. Él está construyendo su capacidad de concentración, así como su función ejecutiva y la capacidad de gestionar la información y su reacción ante distintas situaciones. Por ejemplo, él aprendió rápidamente que su regadera se podría desbordar de agua si no prestaba atención. Los niños más mayores, llegados a un punto, pueden asumir la responsabilidad de su propio espacio verde.

“Si el chico tiene una experiencia solitaria creando su propio jardín, hay magia especial para eso”, explica Louv.

Mi hijo de un año no tiene edad para hacer nada en el jardín, pero él se une a nosotros de todas formas. Él pasa la mayor parte del tiempo jugando con la tierra y con el barro. Y también trata de metérselo en la boca. Cuando lo agarro, él levanta la vista con una expresión vagamente culpable y con manchas alrededor de sus labios. Suena grosero, pero esas cosas pueden ser buenas para él.

Las investigaciones señalan que es esencial que los más pequeños desarrollen un “microbioma” saludable o un ecosistema microbiano personal. Aunque hay algunos microbios –bacterias, hongos y virus- que hacen que nos enfermemos, muchos más son esenciales para nuestra salud.

“El sistema inmunológico está ahí para actuar como un jardinero o como un guardián del parque nacional”, explica Jack Gilbert, microbiólogo de la Universidad de Chicago y coautor del nuevo libro Dirt is Good. “Está ahí para promover la abundancia y el crecimiento de las bacterias buenas, así como actuar como una barrera para la generación de bacterias malas”, subraya.

No estar expuesto a suficientes microbios durante la edad infantil puede provocar un sistema inmunológico subdesarrollado, que puede causar una serie de problemas, según cuenta Gilbert. También se refiere a enfermedades autoinmunes, trastornos inflamatorios intestinales y alergias. Estar cerca de la tierra, en el jardín o de cualquier otra forma, puede ayudar a los niños a desarrollar ese microbioma saludable que ayuda a prevenir estos problemas.

“Recogiendo el suelo y poniéndolo en la cara. No hay nada de malo en eso”, puntualiza Gilbert.

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